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DE LA PÁGINA EN BLANCO

Mucho se ha hablado (y se seguirá hablando) acerca del síndrome de la página en blanco. El famoso bloqueo del escritor ante la falta de nuevas ideas.

Partiendo de la premisa que yo no soy escritora, no puedo desarrollar ninguna tesis o disertación acerca de ello. Hacer un curso de escritura no te convierte en escritor, por lo que mi experiencia cuando cada lunes me levanto sin los deberes hechos y sin ningún hilo del que tirar, no es válida.
Ni es válida ni pretendo que lo sea, claro está.

Para mi la página en blanco es la falta de ganas de dejar que mis dedos aporreen las teclas. El «no sé qué decir» o, peor aún, «no tengo nada que decir». Y no me refiero a comunicar algo que pueda interesar a algún ser humano, sinó ser capaz de expresar algo con un mínimo sentido.

Años atrás, me sentaba y las palabras fluían. Pim, pam, pim, pam y había redactado algo. Ok, en muchos casos sin hilo argumental, caótico y lamentable. Sin embargo, era algo. ALGO.

Ahora ya no escribo.

Aunque lo que más me jode no es no poder escribir, sino, ser incapaz de encontrar el punto irónico/humorístico que (en aquellos tiempos dorados) creo que sabía darle a las cosas. ¿Me empiezo a tomar la vida demasiado en serio?

Y eso me lleva a hacerme más preguntas, claro. Porque yo sin hacer preguntas no puedo (ni quiero) vivir. Pero, a la vez, me aterra formularme las preguntas, por aquello de que al ponerle voz, son más reales. ¿He dejado de reír tanto como antes? ¿de tomarme la vida con el mismo humor? ¿estoy apagándome?

Y joder, eso sí que me da miedo.

Quizá es por eso por lo que no escribo, ¿sabes? Para evitar empezar hablando de una nimiez y terminar conjurando preguntas que me acojona responder.